Cuando era más joven, iba tres veces por semana a un centro de rehabilitación en Barcelona, solíamos estar en una especie de pabellón a modo de gimnasio con gente de todas las edades. En fin, desde luego no eran mis momentos favoritos de la semana, era duro, pero siempre conocías personas interesantes que te contaban su historia sin preguntársela, o simplemente deducías cosas de algunos de ellos con ser un poco observador. El caso es que una de esas veces, vi a un anciano en ese gimnasio con su silla de ruedas aparcada de espaldas a la pared, un tipo muy delgado y con una barba tan espesa como una mañana de lunes sin café. Lo que me llamó la atención, fue que, a intervalos de unos quince o veinte minutos, ese hombre trataba de escurrirse de esa silla para ponerse en pie. Daba igual que lo ataran, él siempre se zafaba de alguna manera y obviamente terminaba besando el suelo. Los celadores enseguida lo levantaban y se hacían los furiosos reprendiéndole, aunque ya conocían la dinámica. Al ver la película de Nebraska de Alexander Payne, me he acordado de aquel hombre, un anciano dando su última pataleta de niño ante el inevitable final de todo. Un último impulso después de toda una vida antes de resignarse definitivamente.
Nebraska es una película que probablemente dentro de unos años estará considerada como un clásico, cuando ya nadie se acuerde de "Gravity" o de "Doce años de esclavitud". Porque aquí no hay alardes ni efectismos de ningún tipo, en ella se cuenta una historia, se habla de la vida y de las personas de una manera tan auténtica y real que pone los pelos de punta. Una de esas películas que terminas de verla creyendo haber visto algo sencillo, bonito y simple, pero después empieza el proceso de desgranar y reflexionar sobre el subtexto y el significado de lo que acabas de ver. Eso es algo que sólo pasa en las buenas películas, las que tienen algo que contar.
Trata de una premisa tan sencilla como que un hombre muy mayor, recibe un folleto de publicidad con el típico falso reclamo de: "Usted ha ganado un millón de dólares, vaya a recoger su premio". Pero se lo cree y decide viajar, aunque sea caminando, para recoger su premio. Su mujer y su hijo mayor se oponen. Sin embargo su hijo menor, vendedor en una tienda de electrónica al que su novia ha dejado por indeciso y aburrido, emprende el viaje con su padre.
Su hijo menor le acompaña y decide seguirle el juego, porque
aunque es consciente de lo absurdo del asunto, él comprende a su padre. Y lo comprende
porque en el fondo son un reflejo mutuo, dos hombres que viven absorbidos por una
mediocridad que saben que no les conviene, pero al mismo tiempo les resulta muy
difícil deshacerse de ella. Hijos de una América profunda, la América de la ignorancia como arma para sobrevivir viendo pasar el
tiempo en piloto automático.
Hay varios temas recurrentes del cine de Alexander Payne a parte de la relación entre padres e hijos, como por ejemplo situaciones que destilan un humor tan patético y natural como las de la vida real. Mujeres que infravaloran las capacidades o los sueños de sus maridos, pero que al
mismo tiempo están ahí y son capaces de ponerse de su parte como leonas ante
las adversidades que vienen de fuera. Del mismo modo, se plantea la infidelidad como una escapada transitoria y una
manera inconsciente de mantener sano el matrimonio, aunque a veces se les pueda ir
de las manos.
Algo tan universal como la familia. Pero no esas familias artificiales,
pastosas y utópicas de los panfletos del Opus Dei. Aquí habla de las familias de
verdad, con sus secretos, sus miserias, sus rencores y sus reproches. La
familia como un conjunto de individuos y no como una masa amorfa. Me
resulta muy interesante el modo en que con los años, cada miembro de una
familia se independiza formando su propio núcleo. Así se refleja en la
película, como ese conjunto de núcleos puede reunirse de vez en cuando e incluso estar relativamente unidos
por la raíz y las vivencias, pero al final, cada núcleo velará por sus propios intereses como
prioridad. Como un baile generacional que no perdona a nadie y le da el relevo
al siguiente para simplemente descansar.
El triunfo repentino como arma de doble filo para alguien que nunca ha
tenido nada realmente, donde todos los que te rodean te emborrachan de ego
mientras algunos buitres intentan meterte la mano en el bolsillo con cualquier
excusa pretendidamente lícita.
Lo mejor de la película es Bruce Dern en el papel del anciano protagonista, un actor que debería ser patrimonio histórico del cine americano, como Harry Dean
Stanton. En los roles de los dos hijos, nos encontramos con Will Forte y Bob Odenkirk, dos actores que empezaron sus carreras en el mundo de la comedia, lo cual me parece una buena elección. Los buenos actores dramáticos, a menudo han sido grandes cómicos. También tenemos al veterano Stacy Keach y a June Squibb haciendo un papelón como esposa de Dern.
La BSO está acertadísima, sin artificios ni pretensiones facilonas para provocarnos las emociones que en otras películas los actores o el guión no logran.
En definitiva, Nebraska es una película que habla de los derrotados. Del buscar la última oportunidad para hacer algo grande. Del último aliento triunfante ante los ojos de quienes ya no te creían capaz de lograr nada... Y de negarse a envejecer.
La BSO está acertadísima, sin artificios ni pretensiones facilonas para provocarnos las emociones que en otras películas los actores o el guión no logran.
En definitiva, Nebraska es una película que habla de los derrotados. Del buscar la última oportunidad para hacer algo grande. Del último aliento triunfante ante los ojos de quienes ya no te creían capaz de lograr nada... Y de negarse a envejecer.


