Desde el andén, el túnel del metro rugía como si se tratase de los intestinos de la ciudad. Pensé en qué lugar nos deja eso a los que nos arrastramos de un distrito a otro por esa cilíndrica oscuridad repleta de carteles publicitarios que no le importan a nadie. Perdí el vagón porque éste arrancó sin esperarme, así que me senté en uno de esos bancos metálicos agujereados. La siguiente remesa de pasajeros no se hizo esperar. Te echan un rápido vistazo al llegar para asegurarse de que no eres el monstruo de sus pesadillas y vuelven a lo suyo. En una ciudad como ésta, hay más humanidad en el vacío que en la multitud. Pero allí estaba yo, observando todo y no mirando nada. Sólo quería llegar a casa y bostezar por hambre, sueño u aburrimiento. Un tipo bajó las escaleras del metro con la camisa rota, la cara morada y una borrachera de esas en las que te da por confesarte a gritos. Atrajo las miradas indiferentes de todos esos monigotes enganchados al móvil, pero nadie se alarmó porque todo el mundo está acostumbrado a ese tipo de flema escupida directamente de las calles. Barcelona depura su frialdad en esos profetas de la incomodidad para de paso recordarnos que pertenecemos al género humano y que siempre hay alguien más jodido que nosotros. Llegó el tren y todos querían ser la primera sardina que entra en la lata. Se empujaban y se pisaban antes de que la puerta pitase y caducasen sus planes por tardar diez minutos más en llegar a donde coño fuese. Me metí por la puerta menos concurrida hasta que todo se cerró y se hizo el silencio. El tren arrancó y un anciano no pudo evitar chocar contra mí para no besar el suelo. Después se sentó con dignidad y timidez en un asiento libre, en medio de las miradas paternalistas de sus compañeros de viaje. Todos volvieron enseguida a la exigente pantalla del móvil, pero el anciano no. Los ancianos están exentos de esas gilipolleces. Probablemente él formase parte de la última generación de personas libres y cuerdas. Pronto no quedará nadie. Nadie que viva con esos pequeños tesoros de la vida como sentirse solo, saborear una comida sin fotografiarla o enamorarse sin más placer que el de abrazar a alguien y escuchar latir su corazón. El día que me llene de canas y consigan venderme un móvil, todo estará perdido. El tren se detuvo en la siguiente parada, a mí aún me quedaban dos. Dos paradas más y volvería al andén.
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Cuando era más joven, iba tres veces por semana a un centro de rehabilitación en Barcelona, solíamos estar en una especie de pabellón a modo de gimnasio con gente de todas las edades. En fin, desde luego no eran mis momentos favoritos de la semana, era duro, pero siempre conocías personas interesantes que te contaban su historia sin preguntársela, o simplemente deducías cosas de algunos de ellos con ser un poco observador. El caso es que una de esas veces, vi a un anciano en ese gimnasio con su silla de ruedas aparcada de espaldas a la pared, un tipo muy delgado y con una barba tan espesa como una mañana de lunes sin café. Lo que me llamó la atención, fue que, a intervalos de unos quince o veinte minutos, ese hombre trataba de escurrirse de esa silla para ponerse en pie. Daba igual que lo ataran, él siempre se zafaba de alguna manera y obviamente terminaba besando el suelo. Los celadores enseguida lo levantaban y se hacían los furiosos reprendiéndole, aunque ya conocían la dinámica. Al ver la película de Nebraska de Alexander Payne, me he acordado de aquel hombre, un anciano dando su última pataleta de niño ante el inevitable final de todo. Un último impulso después de toda una vida antes de resignarse definitivamente.
Nebraska es una película que probablemente dentro de unos años estará considerada como un clásico, cuando ya nadie se acuerde de "Gravity" o de "Doce años de esclavitud". Porque aquí no hay alardes ni efectismos de ningún tipo, en ella se cuenta una historia, se habla de la vida y de las personas de una manera tan auténtica y real que pone los pelos de punta. Una de esas películas que terminas de verla creyendo haber visto algo sencillo, bonito y simple, pero después empieza el proceso de desgranar y reflexionar sobre el subtexto y el significado de lo que acabas de ver. Eso es algo que sólo pasa en las buenas películas, las que tienen algo que contar.
Nebraska
Cuando era más joven, iba tres veces por semana a un centro de rehabilitación en Barcelona, solíamos estar en una especie de pabellón a modo de gimnasio con gente de todas las edades. En fin, desde luego no eran mis momentos favoritos de la semana, era duro, pero siempre conocías personas interesantes que te contaban su historia sin preguntársela, o simplemente deducías cosas de algunos de ellos con ser un poco observador. El caso es que una de esas veces, vi a un anciano en ese gimnasio con su silla de ruedas aparcada de espaldas a la pared, un tipo muy delgado y con una barba tan espesa como una mañana de lunes sin café. Lo que me llamó la atención, fue que, a intervalos de unos quince o veinte minutos, ese hombre trataba de escurrirse de esa silla para ponerse en pie. Daba igual que lo ataran, él siempre se zafaba de alguna manera y obviamente terminaba besando el suelo. Los celadores enseguida lo levantaban y se hacían los furiosos reprendiéndole, aunque ya conocían la dinámica. Al ver la película de Nebraska de Alexander Payne, me he acordado de aquel hombre, un anciano dando su última pataleta de niño ante el inevitable final de todo. Un último impulso después de toda una vida antes de resignarse definitivamente.
Nebraska es una película que probablemente dentro de unos años estará considerada como un clásico, cuando ya nadie se acuerde de "Gravity" o de "Doce años de esclavitud". Porque aquí no hay alardes ni efectismos de ningún tipo, en ella se cuenta una historia, se habla de la vida y de las personas de una manera tan auténtica y real que pone los pelos de punta. Una de esas películas que terminas de verla creyendo haber visto algo sencillo, bonito y simple, pero después empieza el proceso de desgranar y reflexionar sobre el subtexto y el significado de lo que acabas de ver. Eso es algo que sólo pasa en las buenas películas, las que tienen algo que contar.
Trata de una premisa tan sencilla como que un hombre muy mayor, recibe un folleto de publicidad con el típico falso reclamo de: "Usted ha ganado un millón de dólares, vaya a recoger su premio". Pero se lo cree y decide viajar, aunque sea caminando, para recoger su premio. Su mujer y su hijo mayor se oponen. Sin embargo su hijo menor, vendedor en una tienda de electrónica al que su novia ha dejado por indeciso y aburrido, emprende el viaje con su padre.
Su hijo menor le acompaña y decide seguirle el juego, porque
aunque es consciente de lo absurdo del asunto, él comprende a su padre. Y lo comprende
porque en el fondo son un reflejo mutuo, dos hombres que viven absorbidos por una
mediocridad que saben que no les conviene, pero al mismo tiempo les resulta muy
difícil deshacerse de ella. Hijos de una América profunda, la América de la ignorancia como arma para sobrevivir viendo pasar el
tiempo en piloto automático.
Hay varios temas recurrentes del cine de Alexander Payne a parte de la relación entre padres e hijos, como por ejemplo situaciones que destilan un humor tan patético y natural como las de la vida real. Mujeres que infravaloran las capacidades o los sueños de sus maridos, pero que al
mismo tiempo están ahí y son capaces de ponerse de su parte como leonas ante
las adversidades que vienen de fuera. Del mismo modo, se plantea la infidelidad como una escapada transitoria y una
manera inconsciente de mantener sano el matrimonio, aunque a veces se les pueda ir
de las manos.
Algo tan universal como la familia. Pero no esas familias artificiales,
pastosas y utópicas de los panfletos del Opus Dei. Aquí habla de las familias de
verdad, con sus secretos, sus miserias, sus rencores y sus reproches. La
familia como un conjunto de individuos y no como una masa amorfa. Me
resulta muy interesante el modo en que con los años, cada miembro de una
familia se independiza formando su propio núcleo. Así se refleja en la
película, como ese conjunto de núcleos puede reunirse de vez en cuando e incluso estar relativamente unidos
por la raíz y las vivencias, pero al final, cada núcleo velará por sus propios intereses como
prioridad. Como un baile generacional que no perdona a nadie y le da el relevo
al siguiente para simplemente descansar.
El triunfo repentino como arma de doble filo para alguien que nunca ha
tenido nada realmente, donde todos los que te rodean te emborrachan de ego
mientras algunos buitres intentan meterte la mano en el bolsillo con cualquier
excusa pretendidamente lícita.
Lo mejor de la película es Bruce Dern en el papel del anciano protagonista, un actor que debería ser patrimonio histórico del cine americano, como Harry Dean
Stanton. En los roles de los dos hijos, nos encontramos con Will Forte y Bob Odenkirk, dos actores que empezaron sus carreras en el mundo de la comedia, lo cual me parece una buena elección. Los buenos actores dramáticos, a menudo han sido grandes cómicos. También tenemos al veterano Stacy Keach y a June Squibb haciendo un papelón como esposa de Dern.
La BSO está acertadísima, sin artificios ni pretensiones facilonas para provocarnos las emociones que en otras películas los actores o el guión no logran.
En definitiva, Nebraska es una película que habla de los derrotados. Del buscar la última oportunidad para hacer algo grande. Del último aliento triunfante ante los ojos de quienes ya no te creían capaz de lograr nada... Y de negarse a envejecer.
La BSO está acertadísima, sin artificios ni pretensiones facilonas para provocarnos las emociones que en otras películas los actores o el guión no logran.
En definitiva, Nebraska es una película que habla de los derrotados. Del buscar la última oportunidad para hacer algo grande. Del último aliento triunfante ante los ojos de quienes ya no te creían capaz de lograr nada... Y de negarse a envejecer.
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True Detective
Después de ir viendo durante estos dos últimos meses la primera temporada completa de esta serie con la que damos el coñazo a nuestros congéneres tanto como lo hicimos hace poco con Breaking Bad, creo que puedo juzgar con conocimiento. Voy a tratar de analizarla sin desvelar nada.
True Detective no es una serie donde se deba valorar como algo importante su originalidad, si no su ejecución. Es un thriller psicológico de ocho horas, al estilo de "El silencio de los corderos", "Jennifer 8", "Zodiac" y demás películas que te seducen (o no) por la oscuridad, crudeza y cierto grado de pesimismo respecto a la naturaleza del género humano. Si te gustan esos elementos, te gustará la serie.
Pero como he dicho, es una película de unas ocho horas y eso tiene sus pros y sus contras. La principal pega, es que si esperáis que os agasajen con acción en cada capítulo os decepcionaréis enseguida, ya que sólo hay acción cuando los acontecimientos se desarrollan durante el tiempo suficiente hasta la pertinente escena de violencia explosiva e inevitable, lo cual implica que haya capítulos enteros de puro diálogo y contemplación (tal y como sucedía en Breaking Bad). Y eso nos lleva a la principal ventaja de que una estructura clásica de película se alargue tanto: El desarrollo de los personajes. Para la habilidad del creador y guionista Nic Pizzolatto, el hecho de disponer de un gran campo abierto para plantar matices y conflictos internos en sus personajes, ha sido un caramelito para él y para nosotros. El hecho de que la serie tenga cuatro veces más duración que una película del mismo estilo, nos hace empatizar cuatro veces más con el universo de sus protagonistas.
La dirección de Cary Joji Fukunaga (Jane Eyre) completa este tándem con Pizzolatto. Cary dirige, y lo hace con un pulso magistral del que disfruta al servicio de su talento y trabajo. Hace, entre otras cosas, algo que a mí me vuelve loco, que es convertir el entorno natural en un personaje más. En este caso Louisiana, no es una simple postal en la que hacer bonitos planos en helicóptero, si no que es un escenario que contiene tantas luces y sombras como las personas que alberga dentro. Y eso lo vemos.
El dúo McConaughey/Harrelson se ponen al servicio de todo lo mencionado dando forma a los detectives Rust Cohle y Martin Hart, y lo hacen con un magnetismo donde uno se pregunta si otros actores bordarían tan bien a estos personajes. Me gusta que se arriesguen, no sólo interpretando a unos detectives con una ambigüedad moral tan natural como la vida misma, si no que además es fantástico que se salgan de sus roles habituales. En True Detective, Woody Harrelson no es un outsider impredecible y Matthew McConaughey no es un buenazo mojabraguer. También está por ahí Michelle Monaghan, mujer que me tiene encandilado desde su papel en "Kiss Kiss Bang Bang".
También debo decir que a veces esta serie peca de traspasar sus propias virtudes haciendo que rechine un esbozo de caricatura de si misma. En ocasiones quiere ser tan tan trascendental y profunda que no acabas de creértelo. Lo mismo le pasa a la interpretación de McConaughey cuando se supone que es como veinte años más viejo y pasado de vueltas, que tiende a sobreactuar. Ni él es Heath Ledger ni esto es "El Caballero Oscuro".
Aún con todo, la balanza se inclina hacia lo positivo. Es una gran serie que merece ser vista y disfrutada a muchos niveles, cosa que no suele pasar muy a menudo. A mi me enganchó por su calidad desde el primer capítulo, pero no creo que sea una de esas series que veré una y otra vez, cosa que sí me gusta hacer con "Seinfeld" o "Los Soprano"a modo de terapia o por ser auténticos libros de instrucciones sobre la miseria del género humano.
Os dejo con la intro, que ya es todo un referente. Por cierto, la BSO coordinada por el gran T Bone Burnett, brutal.
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El día de la mujer
Observaba su contoneo alejarse a
contraluz en la hora más fría de la madrugada. Esperaba que ella le lanzase una
última mirada por encima del hombro antes de perderse de vista, como en una
película que él había visto cuando era niño y donde se le daba un significado a
ese gesto. Si la chica se giraba, es que volvería a verla. Pero la experiencia
le había demostrado que no siempre era así. No existen los dogmas en la vida.
En cualquier caso, se ajustó el abrigo para arroparse el cuello y suspiró,
soltando un vapor gélido que nubló levemente la visión de la silueta de aquella
bella mujer taconeando hacia la lejanía.
Dio media vuelta y echó a caminar
en la húmeda tranquilidad de la noche. Sin dejar de sentirse pleno por el
efecto de las últimas horas, sabía que en algún momento volvería a sentirse
solo. La soledad había sido su estado natural desde hacía ya un tiempo y sabía
que no debía cambiar eso para no volatilizarse. Le entró sed pero no tenía
ganas de volver a casa aún. Le seducía la idea de ser el único ratón en ese
caótico laberinto de edificios, así que simplemente paseó en medio del
silencio. El olor a asfalto mojado sólo era contrarrestado por el aroma del
carmín que aún le acompañaba. Cruzó la esquina y se topó con una cafetería con
las luces encendidas, un oasis para las pocas expectativas de ese momento.
Observó el interior completamente vacío y sacó una mano de su bolsillo para
empujar la puerta. Eligió la mesa del fondo y se sentó con parsimonia. Sonaba
la radio por el hilo musical, una vieja canción que le reconfortó mirando hacia
la calle oscura por la cristalera. Miró el reloj y pensó en que la ciudad
bostezaría en pocos minutos dando lugar al caos habitual. Cuando terminó la
canción, antes de poner otro disco, el locutor anunció que era el día de la mujer. Le sobresaltó
una guapa camarera con cara de sueño.
-
Buenos noches – Dijo –
-
Buenas noches, ¿Me pones un cortado?
-
¿Algo más?
-
No… y feliz día.
-
¿Feliz día? – Preguntó –
-
Hoy es el día de la mujer.
-
¿Ah si?
-
Eso dicen.
-
Me gusta más el día de paga a fin de mes, pero gracias. – Dijo –
Se marchó hacia la barra. Tenía
razón esa mujer con los ojos somnolientos. Había más sinceridad y autenticidad
en ella que en todos los lacitos rosas del planeta. Las mujeres pueden ser tu
perdición o tu bendición. Luchadoras, soñadoras e implacables. No necesitan de
símbolos estériles para defenderse, se bastan solas. Y eso se cumple siempre,
no cuando el calendario lo señala.
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