Observaba su contoneo alejarse a
contraluz en la hora más fría de la madrugada. Esperaba que ella le lanzase una
última mirada por encima del hombro antes de perderse de vista, como en una
película que él había visto cuando era niño y donde se le daba un significado a
ese gesto. Si la chica se giraba, es que volvería a verla. Pero la experiencia
le había demostrado que no siempre era así. No existen los dogmas en la vida.
En cualquier caso, se ajustó el abrigo para arroparse el cuello y suspiró,
soltando un vapor gélido que nubló levemente la visión de la silueta de aquella
bella mujer taconeando hacia la lejanía.
Dio media vuelta y echó a caminar
en la húmeda tranquilidad de la noche. Sin dejar de sentirse pleno por el
efecto de las últimas horas, sabía que en algún momento volvería a sentirse
solo. La soledad había sido su estado natural desde hacía ya un tiempo y sabía
que no debía cambiar eso para no volatilizarse. Le entró sed pero no tenía
ganas de volver a casa aún. Le seducía la idea de ser el único ratón en ese
caótico laberinto de edificios, así que simplemente paseó en medio del
silencio. El olor a asfalto mojado sólo era contrarrestado por el aroma del
carmín que aún le acompañaba. Cruzó la esquina y se topó con una cafetería con
las luces encendidas, un oasis para las pocas expectativas de ese momento.
Observó el interior completamente vacío y sacó una mano de su bolsillo para
empujar la puerta. Eligió la mesa del fondo y se sentó con parsimonia. Sonaba
la radio por el hilo musical, una vieja canción que le reconfortó mirando hacia
la calle oscura por la cristalera. Miró el reloj y pensó en que la ciudad
bostezaría en pocos minutos dando lugar al caos habitual. Cuando terminó la
canción, antes de poner otro disco, el locutor anunció que era el día de la mujer. Le sobresaltó
una guapa camarera con cara de sueño.
-
Buenos noches – Dijo –
-
Buenas noches, ¿Me pones un cortado?
-
¿Algo más?
-
No… y feliz día.
-
¿Feliz día? – Preguntó –
-
Hoy es el día de la mujer.
-
¿Ah si?
-
Eso dicen.
-
Me gusta más el día de paga a fin de mes, pero gracias. – Dijo –
Se marchó hacia la barra. Tenía
razón esa mujer con los ojos somnolientos. Había más sinceridad y autenticidad
en ella que en todos los lacitos rosas del planeta. Las mujeres pueden ser tu
perdición o tu bendición. Luchadoras, soñadoras e implacables. No necesitan de
símbolos estériles para defenderse, se bastan solas. Y eso se cumple siempre,
no cuando el calendario lo señala.



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